La arena aún estaba fresca cuando Ana, con sus tres años y los pies descalzos, corrió hacia el mar. Una ola tímida le acarició los tobillos, haciéndola retroceder con una sonrisa nerviosa. Era agosto, pleno verano, y el sol se derramaba con fuerza sobre la playa. “Espera un segundo, corazón”, le dije mientras buscaba en la bolsa la crema solar. “No queremos que te quemes con este sol”. Unté su carita con protector solar, ajusté su gorrita y la dejé correr de nuevo, no sin antes recordarle que no debía alejarse demasiado. Hacía ya más de un año que la pandemia había puesto nuestras vidas patas arriba, pero en ese instante, a la sombra de nuestra sombrilla de playa, rodeados de amigos y con el sonido del mar de fondo, respirábamos una normalidad que se sentía casi olvidada.
No estábamos solos. Mi amiga Laura y sus dos hijos, Sofía de seis años y el pequeño Leo de doce, corrían junto a Ana, mientras nosotros, cargados con la nevera portátil y los juguetes de playa, les seguíamos a un ritmo más pausado. Marcos y Elena, otra pareja amiga con su hijo Mateo de cinco años, cerraban la comitiva. Éramos una pequeña tribu buscando refugio en la costa, ansiosos de sol, risas y momentos compartidos. La casa que habíamos alquilado estaba a pocos metros, lo suficientemente cerca para escapar del sol en las horas centrales del día y lo suficientemente lejos para sentir la libertad del espacio abierto.
Los días transcurrían entre castillos de arena que desafiaban a las olas y búsquedas de conchas con la emoción de encontrar tesoros ocultos. Ana, convertida en una sirena incansable, reía con Sofía mientras se deslizaban por la orilla sobre sus colchonetas inflables, gritando cada vez que una ola más grande amenazaba con tumbarlas. Al caer la tarde, con la piel salada y el pelo húmedo, nos refugiábamos en la terraza de la casa. Los niños, exhaustos pero felices, se entretenían con un juego de mesa mientras nosotros disfrutábamos de la brisa marina y de una conversación tranquila.
Por las noches, con la luna asomando entre las estrellas, encendíamos una hoguera en la arena. Marcos, que siempre tenía la música a punto, había llevado su altavoz bluetooth portátil, y las melodías suaves creaban una atmósfera mágica. Los niños, hipnotizados por las llamas, corrían alrededor de la fogata hasta que el sueño los vencía, uno a uno, en nuestros brazos. Mientras arropaba a Ana en su cama, con la brisa marina acariciando su rostro, daba gracias por esos momentos de paz, por la amistad que se convertía en salvavidas, por la risa de mi hija que llenaba de luz los espacios vacíos.
Aquel fin de semana en la playa, bajo un sol generoso y con el mar como telón de fondo, aprendí que la felicidad se construye también en compañía, que los amigos pueden ser familia y que la risa de los niños tiene el poder de sanar las heridas más profundas. Volví a casa con la piel bronceada, el corazón más ligero y la certeza de que, aunque el camino fuera cuesta arriba, no estábamos solos.